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jueves, 12 de mayo de 2011

ESTA COSA TRISTE...

Este articulo ha sido escrito por Jesús Fernández, en su propio nombre, sin que su opinión tenga por qué guardar relación con El Colectivo con Ánimo de Lucro, al que pertenece este blog.




"¿Democracia? No la conozco… y el caso es que me suena…"

A pesar de que cada vez me interesa (realmente debería decir “preocupa”) la política, he intentado circunscribir las entradas de este blog a lo meramente literario. No obstante, y a pesar de los intentos de mantenerse alejado de ella, la política irrumpe en nuestras vidas, incluso en unas vidas tan anodinas como las de los poetas, que sólo hacen que mirar al techo e intentar arrastrar a amigos voluntariosos a sus recitales.

Para no cansarles, les hemos ahorrado durante este tiempo las dificultades que hemos tenido en la organización del festival con la “política medio ambiental” del Ayuntamiento de Granada, hasta llegar al colmo del ridículo cuando tuvimos que suspender un recital en el Entresuelo porque la cantante (con guitarra acústica, oiga, que no venían los Rolling Stones) no podía cantar so pena de riesgo de multa de 6000 euros. La gente del Entresuelo no se quería arriesgar.
Joder, yo tampoco querría.

Que la Democracia es un sistema imperfecto es algo sabido, que es el menos malo que tenemos, también. Pero comprobar cómo la Democracia se va deteriorando más y más, y que las leyes se hacen para que las cumplan unos sí y otros no, es descorazonador.

Los que me conocen saben que estoy a favor de cumplir de las leyes. Siempre. Si no te gusta, intenta cambiarlas, pero mientras tanto, esas son las reglas del juego.
Si todos nos ponemos de acuerdo en que cuando un semáforo se pone en rojo hay que pararse, pues te paras. Dejar que cada uno sienta el color rojo a su manera sólo va a servir para que te atropelle un coche.

La gente normal (usted, yo, su vecino) no tenemos muchas ocasiones de testear el equilibrio de la Democracia. Vamos al trabajo, volvemos, tomamos una cerveza, vemos la tele… y salvo alguna multa de tráfico no nos vemos enfrentados al incumplimiento de ninguna ley.

Yo tengo una manía para conservar mi fe en la Democracia, y es comprobar siempre que puedo si la ley se aplica a todos igual. Mi único consuelo cuando tengo que acatar una ley que no me gusta es que, bueno, todo el mundo la cumple igual que yo. También habrá leyes que me gusten a mi y no le gusten a otro. Si todos las cumplimos, la cosa funciona.

¿Y qué viene todo esto? Pues que demasiado a menudo hay gente que se sitúa por encima de la ley. Venga, me mojo: los políticos se sitúan por encima de la ley. Venga, me mojo y me doy un baño: hay políticos en Granada que se sitúan por encima de la ley.

No se asusten que no les voy a descubrir ningún escándalo. Es algo pequeño, pero lo pequeño es un síntoma de que hay algo más grande detrás, una forma de hacer, una actitud.

Y volviendo a la poesía (que es por lo que viene todo esto, aunque parezca increíble) … llevamos tres meses trabajando en el MONEY FOR NO-THING. No le hemos pedido dinero a nadie, y hemos llenado todas las noches los bares de gente que ha venido a escuchar poesía. Hemos currado poniendo los carteles nosotros mismos, repartiendo los flyers, haciendo las camisetas… y uno se va dando cuenta de cosas:

Que en algunos sitios los carteles no duran ni 24 horas. ¿Por qué? El Ayuntamiento los retira.
¿Me quejo de esto? Pues miren no, aunque ya me dirán que si dos personas se dan el curro de organizar actividades culturales, cargando todo el trabajo sobre sus espaldas, hombre, no les quites los carteles, que están aportando cultura a la ciudad… y sin pedirte nada.

Pero vale, si no se puede, no se puede. ¿Recuerdan lo que les dije de cumplir las leyes? Pues yo soy de esos.

Así que después de las primeras sesiones, no volví a poner carteles en la Gran Vía de Granada, que tardaba más yo en ponerlos que ellos en quitarlos. Contando, para los desconfiados, que siempre cuidaba de ponerlos en locales vacíos o abandonados, donde no molestaran a nadie, que uno ha sido cocinero antes que fraile y tiene un comercio en su Córdoba natal, y sabe que bastante tiene el de la tienda para ir encima con la jodienda de que le pongan carteles en la puerta o el escaparate.

Pues nada, no se ponen carteles en Gran Vía, y tan amigos.

Pero ayer cuando pegaba de nuevo carteles para la ultima sesión vi que Gran Vía estaba empapelada de carteles de Izquierda Unida (el partido me da igual, pero el hecho puntual es que eran de Izquierda Unida). “Vaya –pensé- pues sí que se pueden poner carteles después de todo, porque sería monstruoso que el Ayuntamiento ordenase retirar todos los carteles que ponen los demás ciudadanos, y que llegadas las elecciones un partido político se pasase la ordenanza por donde ustedes piensan y cuajara de carteles la calle.

Como soy de bien pensar, me dije: “Un partido político respeta la ley seguro, de modo que si ellos han puesto carteles, será que sí que se puede. Porque sería perverso que la ordenanza dijera: No se pueden poner carteles, salvo los que yo quiera.” No, no, eso suena demasiado a Orwell y “1984”. La novela en la que los dirigentes eran cerdos.

Así que volví a pensar: “Vamos a contrastar si el sistema funciona, pondré mis carteles. Si se pueden poner, los dejarán puestos, y si no se puede, deberían quitarlos todos, no sólo los míos.”

Aquí tienen la prueba de mi ingenuidad:



Y con esto me fui a mi casa, pensando en volver hoy, a ver qué había sido de mis carteles.

Pues de mis carteles esto es lo que quedaba: Nada. No habían durado ni 24 horas. Eso sí, los carteles pidiendo el voto, ahí seguían, flamboyantes.



Y eso, para los que tenemos esta debilidad poética, no deja de provocarnos cierta propensión a la metáfora: La Poesía derrotada por la Política.

Me he venido a casa más triste, para qué les voy a engañar. Porque esto es sólo un ejemplo de muchas cosas que están sucediendo en Granada con la Ordenanza para la Convivencia: que está para que la cumplan unos y otros no. Está para que el Ayuntamiento diga quién le gusta y quién le disgusta.

Yo no tengo nada contra nadie (hasta me veo defendiendo la Semana Santa a veces, ya ven hasta donde llega mi tolerancia). Pero si defiendo la Semana Santa (por ejemplo) es para que no me venga nadie con un medidor de decibelios a un recital a ver si estoy hablando demasiado alto. Esto es como los carteles:

O nos medimos todos, o la puta al río.

Porque la cultura es subjetiva, y las normas hay que cumplirlas. Si hay contaminación acústica, hay contaminación acústica, rediós, la provoque Nuestro Señor del Voto Agradecido o un tipo con un tambor dando por saco en la calle.

Nos limitamos, pues nos limitamos, PERO TODOS. ¿O aplicamos la tolerancia donde queremos y la ley contra quien no nos gusta? A mi las fiestas de la Primavera me parecen un horror (recuerdo a mi amiga Alicia hablando conmigo a las 3 de la mañana por Skype, porque las voces de la muchachada no la dejaban dormir) y no había nadie con el medidor de decibelios. Ahora, si un bar que está insonorizado, programa un concierto sin  la pertinente licencia pero sin rebasar los decibelios estipulados y sin molestar a los vecinos, lo cierran por una semana (no me lo invento, ahí están el Peatón, el Playmobil, o el Sugarpop…)

Cuando la ley está para unos sí y para otros no, esto empieza a oler a podrido.

Y hay cosas que no pueden ser, que no deben ser.


Y como vuelta de tuerca surrealista en esta historia nuestra de poesía, drama y política. El poeta Luis García Montero acude a un acto a favor de Izquierda Unida.

¡Qué dos realidades tan diferentes! En una pared anónima de la Gran Vía, la Política y la Poesía pelean en desiguales condiciones, mientras en otro lugar la política y un poeta se dan la mano.


¿Qué le parecerá todo esto a García Montero como hombre de letras? ¿Hubiera defendido que se quedaran puestos nuestros carteles igual que permanecen pegados los de Izquierda Unida?

La situación no tiene salida:

O Izquierda Unida ha puesto sus carteles donde no debe,

O, si está permitido poner carteles, el Ayuntamiento (del Partido Popular en este caso, no crean que tengo nada contra Izquierda Unida) ha quitado los carteles que no debía, en un espléndido ejemplo de autoritarismo idiota.

En cualquier caso, los políticos nos vuelven a fallar. Cualquier día de estos les deberíamos dar un disgusto…


Jesús Fernández.
Poeta (si es que eso significa algo), y pegador de carteles en su tiempo libre.

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